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  • Mariana Nobile

“¿Y ahora qué hago?” ¿Cómo reorientar nuestras investigaciones?


Por Mariana Nobile, investigadora del Programa ECyS adjunta del CONICET en Flacso-Argentina


Mi año de pandemia se vio copado por las actividades de formación, guiando a estudiantes de posgrado en la elaboración de sus tesis de maestría o doctorado, ya sea en el rol de docente de talleres o como directora.


Así, de marzo hasta ahora vi a varixs tesistas finalizar sus tesis en el medio de los malabares del aislamiento; vi a quienes se están iniciando en el oficio de investigar plasmar sus inquietudes en borradores que buscan definir un camino para responder a interrogantes que lxs movilizan personal y profesionalmente. No son tantos, pero también vi quienes, gracias al ASPO, identificaron objetos de estudio que se mantendrían en las sombras de la vida escolar de no haberse abierto la escuela a las familias a través de las pantallas; así como lxs que fueron encontrando interesantes aristas para avanzar en respuestas a sus preocupaciones académicas. 


Pero aquí quiero detenerme en quienes se encuentran “a mitad del río”, con un proyecto definido después de largas discusiones, revisiones, correcciones que se extendieron por un par de años y que luego de dicho proceso lograron consolidar, a partir de una serie de decisiones metodológicas, una planificación específica de sus trabajos de campo, muchos de ellos proyectando cierta inmersión en la cotidianidad de las instituciones escolares. ¿Y ahora?


Y ahora sienten que el agua les llegó al cuello... se imaginarán que después de ocho meses de aislamiento provocado por la pandemia, esas hermosas planificaciones discutidas durante tanto tiempo se vieron profundamente conmovidas. La suspensión de la presencia en las clases afectó especialmente las investigaciones que optaban por caminos metodológicos que demandan una inmersión en el espacio social a investigar, de corte etnográfico, que buscan explorar las formas de interacción social in situ. Por una cuestión de cuidado personal del investigadorx, como también de los sujetos a quienes investigamos, tuvimos que abstenernos de realizar ese tipo de trabajos de campo. La imagen de la o el tesista llegando a la escuela, sumándose a clases, actos, intercambiando charlas de pasillo con estudiantes, integrantes de los planteles docentes y no docentes, resulta lejana y sin un plazo cierto para que vuelva a hacerse realidad. Podrá volver la presencialidad, alguna expresión de ella, pero difícilmente volvamos lxs investigadorxs a transitar por las aulas y pasillos hasta que el fantasma del virus se haya desvanecido lo suficiente. 


De esta forma, en estos largos ocho meses, los estados de ánimo de estxs estudiantes fueron variando a la par de que el escenario escolar se clausuraba cada vez más, la incertidumbre se volvía un dato de la realidad y las dificultades para visualizar coyunturas posibles se acrecentaban. En el mes de abril, los planes simplemente se postergaron unos meses… “hasta después de las vacaciones de invierno”. En julio ya la perplejidad, la angustia y hasta la obstinación por sostener lo planificado inundaban los encuentros vía Zoom; como dijo una estudiante, seguía “atada al campo pre-pandemia”, esperando volver a ese “escenario natural” de la investigación que la pandemia vino a “contaminar”. Llegados a noviembre, cada quién transita el duelo de ese plan de trabajo como puede y de a poco se anima a imaginar futuros posibles, caminos alternativos para dar respuestas a los interrogantes que motorizan cada una de sus tesis. ¿Pero cómo?


No es la intención dar un recetario aquí, pero sí reflexionar sobre algunos aspectos. La clave en este momento sería: ¿cómo ser fiel a los intereses intelectuales y cognoscitivos que motorizaron la investigación cuando el camino pensado se encuentra obturado? ¿Cómo encontrar respuestas a nuestras preguntas de investigación a través de otros caminos metodológicos?


El campo de investigación socioeducativa en nuestro país está dominado por una tradición metodológica con una fuerte impronta cualitativa. Tal vez es hora de preguntarnos si le estamos sacando el jugo a dicha tradición.


Recordemos el ABC de la metodología cualitativa: se trata de un diseño flexible, emergente, abierto a redefiniciones, que exige del investigador una actitud reflexiva (serendipity), que ponga en juego la creatividad. Como decía Wright Mills, ser un buen artesano, estimular la imaginación, evitar el fetichismo del método y de la técnica. Es hora de que estos rasgos de la metodología cualitativa sean algo más que un mantra que se repite en cada proyecto de tesis. La capacidad de respuesta de la o el investigadorx y del diseño asumen hoy un nuevo sentido, otra relevancia. Como señala Marradi (2002: 122), “el método consiste esencialmente en el arte de elegir las técnicas más apropiadas para enfrentar un problema cognoscitivo, eventualmente combinándolas, comparándolas, aportando modificaciones e incluso proponiendo alguna solución nueva”.


Para no sacrificar nuestra tradición cualitativa fuerte debemos preguntarnos: ¿De qué caminos disponemos hoy para producir “rich data”, buenos datos que nos permitan registrar este momento y en este momento?


Este escenario configurado por la pandemia nos muestra (al igual que en otros ámbitos de la vida) algunas cuentas pendientes... la falta de apelación a otros recursos, a realizar triangulaciones que impliquen caminos creativos de exploración. En nuestro mundo académico somos bastante conservadores con los métodos -lejos estoy de eximirme de dicho pecado-. La primacía de cierto naturalismo, que impone la presencia directa para dar cuenta de lo que sucede en el recorte de mundo social que vamos a observar conduce a que no veamos muchas salidas a las visitas a las instituciones, las observaciones y las entrevistas que tienen lugar en el marco institucional.

 

Asimismo, la escuela opera en cierta medida como un refugio para quienes investigamos; nos organiza, nos garantiza un acceso que se vuelve más difícil de lograr cuando no está ese espacio contenedor, esa institución legitimadora, al tiempo que allí no necesitamos que cada persona exprese su consentimiento explícito a participar (por ejemplo, cuando observamos una clase, un patio de una escuela, etc.).


Si bien, el distanciamiento social distancia al investigadorx de la sociedad, la apertura de caminos mediados por la tecnología es hoy una realidad. En estos meses se avanzó mucho en poner en marcha entrevistas, grupos focales, cuestionarios en línea, también la posibilidad de realizar observaciones y formas específicas de etnografía de espacios virtuales, avanzar en el análisis de contenidos en sitios webs y de interacciones en redes sociales. Podemos incluso echar mano de otros recursos menos usados como la confección de cartografías, la elaboración de diarios e historias narradas por quienes colaboran con nuestra investigación, entre otros(1). Todas ellas resultan formas de avanzar en la construcción de buena empiria.


Pero al mismo tiempo es preciso tener presentes algunas limitaciones y riesgos. La prevalencia de mecanismos de aislamiento y distanciamiento puede llevarnos a comenzar una investigación con quienes tenemos más cerca, reforzando los sesgos relacionados con la homofilia y la creación de “mundos pequeños”. También un límite se presenta cuando trabajamos con ciertos sectores sociales; cuando nuestras preguntas se orientan a explorar las vivencias de personas provenientes de sectores donde la infraestructura, la conectividad, la disponibilidad y el manejo de dispositivos tecnológicos es reducida y precaria ¿cómo podremos dar cuenta de sus miradas? Otra limitación que surge remite a que muchas veces la mediación de la tecnología nos dificulta la reconstrucción de los escenarios donde estamos realizando esas actividades de recolección -no pudiendo ser totalmente conscientes de los condicionantes que allí intervienen. A la vez, la construcción de un rapport con quienes colaboran en nuestras indagaciones puede demandar más tiempo y asumir otras expresiones. Los pactos de confianza y colaboración tan necesarios al inicio de todo campo aquí demandan mayores explicitaciones, ser sinceros con el tipo y el tiempo de colaboración que necesitamos de su parte. Asimismo, a lo largo de todo el proceso de recolección de datos vamos a necesitar una retroalimentación constante, así como cierta “verificación”, es decir, una consolidación y construcción conjunta de los datos con nuestrxs investigadxs. Investigar en estas condiciones conlleva una cooperación más comprometida de ambas partes, incluso nuestra dependencia respecto de la cooperación de lxs sujetxs de nuestra investigación puede verse acrecentada.


Estos son solo algunos de los condicionantes y riesgos que pueden presentarse -es preciso estar alertas a otros que puedan surgir sobre la marcha-, pero que pueden ser sopesados y controlados gracias a un ejercicio de vigilancia y reflexividad constante. Registrar las decisiones metodológicas que vamos asumiendo, hacerlas explícitas en nuestros trabajos, dar cuenta de dicho proceso para capitalizar nuestros aprendizajes y ponerlos en juego en investigaciones futuras resulta una tarea imprescindible. Afinar la reflexividad a lo largo de todo el proceso, estar alerta a la necesidad de revisiones, de encontrar nuevas aperturas, combinar estrategias y fuentes, son sendas que podemos ir transitando para completar nuestros trabajos en curso y llegar al otro lado del río. Hoy en día, el espacio público está cada vez más abierto, por lo que disponemos de mayores márgenes para combinar distintas estrategias. El oficio de investigar es un aprendizaje constante y este escenario global nos recuerda que necesitamos aprender nuevos saberes y nuevas herramientas para alcanzar nuestros objetivos.

Referencias

- Marradi, A. (2002) Método como arte, en Papers 67, pp. 107-127.

- Lupton, D. (Ed.) (2020) “Doing fieldwork in a pandemic (crowd-sourced document)”. Disponible en: https://docs.google.com/document/d/1clGjGABB2h2qbduTgfqribHmog9B6P0NvMgVuiHZCl8/edit?ts=5e88ae0a#

(1) Durante la pandemia se produjeron materiales interesantes sobre las herramientas de recolección de datos y estrategias posibles de redefinición de las investigaciones sociales. Por ejemplo, Lupton (2020)

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