Anny Ocoró Loango

Para

FORO SUR

Educar para la diversidad

Educar para la diversidad

En las últimas décadas, la visión monocultural hegemónica que tuvo la escuela desde sus origenes fundacionales, y la visión del sujeto moderno como un ente homogéneo y universal, está siendo cuestionada cada vez más. Esta situación ha contribuido para que la atención a la diversidad pase a ser un importante indicador de inclusión y de equidad en la construcción de sociedades democráticas. Es así que la Agenda 2030, impulsada por la Cumbre del Desarrollo Sostenible (2015), incorpora la inclusión, la equidad y la diversidad cultural como objetivos estratégicos a trabajar en la educación con el fin de lograr un mundo sostenible en el año 2030. Esto implica valorar todos los grupos culturales que componen la sociedad, así como sus diferentes cosmovisiones. Más aún, en una región pluriétnica y pluricultural como la nuestra.

Las poblaciones afrodescendientes e indígenas enfrentan profundas desigualdades en nuestras sociedades, sobre todo porque se ven afectadas por el racismo y la discriminación. Esto se agrava, aún más, porque también se ven afectadas por el racismo y la discriminación. El racismo instala jerarquías entre las personas. Dichas jerarquías son reproducidas y naturalizadas a través de la familia, la escuela, las instituciones políticas, los medios de comunicación, entre otras. El racismo se manifiesta y atraviesa nuestras instituciones, es por eso que hablamos de la existencia de un racismo institucional. Desafortunadamente, vivimos en una sociedad que jerarquiza la diversidad cultural, al punto que algunas diferencias son vistas como marca de inferioridad y son empleadas para legitimar desigualdades.

A fin de reconocer y acoger las distintas identidades que habitan el espacio escolar, es fundamental que la escuela reflexione sobre el lugar que estos grupos tienen en su propuesta educativa, y también que los/las docentes revisemos nuestra mirada sobre la diversidad de culturas que habitan nuestras instituciones educativas. La escuela se gestó bajo un “viejo paradigma” de homogeneización, lo cual condujo a acallar a las “otras” voces, las “otras” identidades, las “otras” culturas. Por ello, para fortalecer la lucha antirracista y democratizar el espacio escolar, el desafío de hoy es reflexionar sobre las voces que han sido subalternizadas, borradas e invisibilizadas, y quebrantar los silencios.

Es necesario reflexionar y preguntarnos:

¿Qué lugar ocupan hoy aquellas culturas –por mucho tiempo negadas, invisibilizadas, ocultadas o consideradas “incultas”–, en el escenario escolar?

¿Cuáles son los saberes que ingresan a las aulas y cuáles los que quedan afuera? ¿Qué consecuencias conlleva esta situación?

¿Cómo democratizar los contenidos ocultos y/o “proscriptos” por el racismo epistémico?

¿Cómo desandar la hegemonía eurocéntrica cuando la misma se halla tan normalizada?

¿Cómo producir rupturas respecto al discurso hegemónico? y ¿Qué alternativas pedagógicas podemos construir para enfrentar el racismo?

Todos estos interrogantes superan la tarea escolar, pero también requieren ser intervenidos y trabajados desde la escuela.

El racismo epistémico en el entramado pedagógico-curricular

El dominio colonial de Europa sobre América se apoyó no sólo en el sometimiento militar, el genocidio y el control de sus recursos. También supuso la instauración de un sistema de ideas que postulaba la superioridad biológica y cultural natural de los europeos. Este discurso construyó al europeo como sujeto civilizador, y a los otros pueblos como seres que debían ser dominados. Esta matriz de pensamiento, frecuentemente reproducida por nuestros sistemas educativos, configura y sostiene el racismo epistémico.

Como sistema de pensamiento histórico, el racismo epistémico subalterniza, inferioriza, oculta e invisibiliza otros conocimientos y saberes. En realidad se trata de una matriz epistémica hegemónica que desplaza, silencia y apaga otros sistemas de conocimiento. La hegemonía de los conocimientos eurocéntricos se impuso junto al despojo y, en muchos casos, la aniquilación de otros modos de conocer y de habitar el mundo. El racismo epistémico impone la superioridad de una cultura sobre otra, al punto de asimilarla, negarla o suprimirla (Ocoró, 2019). Tiene una estrecha relación con la primacía monocultural, hegemónica occidental, eurocéntrica, donde ciertos saberes, tradiciones y culturas han sido invisibilizados o inferiorizados. Este ha sido el caso de las epistemologías africanas, indígenas y afrodispóricas, que están ligadas a otros repertorios culturales, y en las que el saber y el conocimiento son inseparables del territorio, pues se funden con él. Estas son epistemologías holísticas, plurales, que entienden que la condición humana no puede reproducirse y mantenerse en equilibrio sin pensar en el territorio, y sin pensar en otros seres y ecosistemas que también lo habitan.

El racismo epistémico también produce subjetividades que internalizan valores, prácticas y formas de ver el mundo, de ver a los otros y su lugar en la historia. Esta forma de racismo se inserta en la estructura de saber / poder que impuso al eurocentrismo como el único lugar legítimo de enunciación del conocimiento. Es entonces nuestra responsabilidad generar estrategias para enfrentarlo, dado que el eurocentrismo ha tenido una presencia hegemónica en las instituciones educativas. Esta matriz impone la cultura europea como dominante, silenciando y desmereciendo las epistemologías indígenas y africanas. Esta matriz se manifiesta, por ejemplo, en los relatos nacionales que postulan una argentinidad únicamente “blanca”, heredera de Europa, invisbilizando y excluyendo del currículo a las otras poblaciones, pese a la diversidad cultural existente en nuestro país. Tambien está presente en los planes curriculares y en los textos escolares, los cuales han sido uno de los dispositivos que han ayudado a sostener las ideologías racistas que inferiorizan a determinadas poblaciones, y que suelen reproducir, en muchos casos, imágenes estereotipadas sobre los pueblos indígenas y afrodescendientes. El currículo es producido sólo desde la voz y desde la historia de algunos grupos, con lo cual, como bien afirma Dubet (2006), “si no se ha logrado la igualdad de oportunidades, no es sólo porque la sociedad es desigual, sino también porque el juego escolar es más favorable para los más favorecidos” (p. 15).

Hacía una educación intercultural y antirracista

Pensar una educación antirracista en América Latina no consiste sólo en atender la convivenca escolar; implica también lograr que la identidad, la historia y los aportes de los distintos grupos y culturas sean valorados y visibilizados en el espacio escolar. El primer paso para promover una educación antirracista es reconocer la existencia del racismo, reconocer que este se esconde en muchos lugares y también en la escuela. Tal vez nos cueste reconocerlo, pero si entendemos que la escuela forma parte de una sociedad, y que no está aislada de lo que en ella ocurre, podremos “migrar” de la negación a una actitud más activa que nos permita ver cómo se produce y se reproduce el racismo desde el espacio escolar.

Reconocer la existencia del racismo no significa descalificar el trabajo formativo que a diario, y de manera comprometida, realizan los/as maestros/as. Sin embargo, esta labor, muy importante y valorada, es insuficiente para enfrentar un fenómeno estructural y de gran envergadura que ha acompañado por décadas la formación de nuestras sociedades latinoamericanas. Otra cuestión que debemos considerar es que el racismo no se reduce a episodios explícitos de segregación o discriminación. Existen otras formas de racismo oculto, silenciosas, y no por ello menos lexivas para la dignidad humana. El desafío es identificar esas múltiples caras del racismo en nuestra sociedad y ver cómo aparecen, se interseccionan y se expresan en la escuela. Implica, también, prestar atención a las distintas dimensiones del ámbito escolar: el lenguaje, las prácticas cotidianas, el currículo, los materiales didácticos, la formación, los procesos de evaluación, las efemérides, entre otros muchos aspectos.

Hoy más que nunca, necesitamos fortalecer la formación de los/as docentes, para que las presentes y futuras generaciones se apropien de saberes críticos, antirracistas e interculturales. Es de gran relevancia que podamos debatir cuáles son los saberes que hoy deben estar presentes en la formación de los/as docentes y de nuestros/as estudiantes, y cuáles son aquellos saberes que tienen que ser replanteados para poder avanzar hacia sociedades más igualitarias. Es importante trabajar por una escuela que permita la expresión de todas las voces y de todos los actores de la historia; una escuela que marque una ruptura con el mandato de homogenización que le fuera encomendado, y que sobre todo acompañe, desde los contenidos curriculares, las prácticas educativas y la formación docente, la construcción discursiva de un nuevo proyecto educativo intercultural y antirracista que reconozca e incorpore los aportes de los/as pueblos indígenas y afrodescendientes a la historia y a la vida presente de nuestras sociedades.

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(artículo original en https://www.forosur.com.ar/blog/educar-para-la-diversidad/)

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