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Una mirada de género para la escuela en casa

Actualizado: abr 28



Por Carolina Gamba, becaria del CONICET en el Programa ECyS y Sebastián Fuentes, investigador del programa ECyS/Área Educación, FLACSO Argentina.


Desde hace años, las investigaciones sobre Educación Sexual Integral (ESI) demuestran que “transmitir conocimientos” no basta para la apropiación de pautas de cuidado vinculadas a la sexualidad, la revisión de estereotipos y prejuicios de género o la problematización de situaciones de violencia. En otras palabras, las acciones sostenidas en la información y la comunicación de “temas” han sido limitadas para abordar la complejidad que supone un enfoque de género en la enseñanza.


Lo que sí parece marcar la diferencia, tanto para docentes como para estudiantes, son los conocimientos que se producen en los pasillos, en los patios, en las situaciones que irrumpen, en fin, en la cotidianeidad del vínculo educativo, en la escucha docente, en el lazo que construye el ethos pedagógico y que se sostiene con la presencialidad.


El desarrollo de una transversalización más sistemática en los niveles inicial y primario, y de talleres más específicos en el nivel secundario, aunque no masivos, marcan la agenda de una educación con enfoque de género que busca instalarse en el sistema. Una pedagogía que propone articular vínculo y posición docente, con una mirada más compleja sobre los saberes en la enseñanza, afincados en el cara a cara en las escuelas.


En este contexto de cuarentena y de aislamiento físico, consideramos urgente preguntarnos sobre el lugar que asumirá la ESI en las propuestas de educación a distancia al considerar, justamente, la suspensión del encuentro de los cuerpos en el espacio escolar.


El “lugar” de la ESI en escuela a distancia

En las últimas semanas la premura en garantizar “los contenidos” fue una preocupación importante, por no decir cardinal. La impronta de la “unidad disciplinar” que prevalece en la escuela se revalidó en la planificación de contenidos para virtualizar. A nivel escuela, las presiones inter-pares giraron en torno al postulado de “no atrasarse” tanto, no perder de vista el calendario escolar y sus efemérides, seleccionar los ¿contenidos centrales? y enviar las tareas ad hoc. Pero en ese plano, sabemos, hay ganadores y perdedores, hay disciplinas, saberes y propuestas que se jerarquizan y otras, al igual que en la presencialidad, quedarán a ¿contraturno? Lo saben los/as profesores/as de educación física que también en este contexto buscan instalar la propuesta de su campo disciplinar, a sabiendas que en la jerarquía de los saberes escolares hay disciplinas que se arman como “nucleares” y otras que tienden a estar en la periferia según el canon curricular, las políticas de evaluación, y muchos etcéteras. Y la ESI ¿dónde queda?


En la presencialidad, varios estudios confirman que aún hoy, a 15 años de la sanción de la ley Nº 26.150 (2006), la ESI suele quedar relegada a un taller específico o a las jornadas obligatorias establecidas por la agenda escolar: las Jornadas “Educar en Igualdad” que se dictan desde 2016. Un avance aún insuficiente. En la interrupción del cara a cara en la escuela el riesgo es que la ESI se limite –tal vez igual o peor que en la presencialidad- a una jornada que se hará (siempre) más adelante, y en tanto “no nos atrasemos mucho en el programa”, o mandarles una actividad algún día por una efeméride alusiva. La organización pedagógica de la escuela tiende a marginar en el día “especial” o “distinto” algunas áreas no legitimadas en el escalón de aprendizajes prioritarios. Más aún, si la sensación de ajenidad ante temas sobre los que consideran “no estar preparadas/os” como la sexualidad, sigue todavía presente.


Más allá de la transmisión

Si nos guiamos por la experiencia presencial acumulada, el horizonte de la virtualidad no parece favorable. La transmisión sigue estando, el vínculo también, las interacciones son cotidianas, casi, aunque sea que viajen en papel. Lo que no resultaba fácil de trabajar en el cara a cara, puede seguir siendo dificultoso a la distancia. El discurso androcéntrico y las ausencias (de temas que nos incomodan) también viajan en bytes, por wifi y en streaming. Pero si para el armado de las propuestas a distancia se instala una perspectiva de género, podríamos dar un paso interesante en la transversalidad.


En lo que se escriba como indicación o tarea, en los textos seleccionados que se envían por whatsapp, en la clase que se logra hacer sincrónica, en el videíto que se graba para que no se pierda “el rostro”. En todo ello hay una relación pedagógica, y por lo tanto, una relación de género. Asumir una mirada de género integral sobre la enseñanza en tiempos de pandemia es necesario y urgente. Porque no es menor, porque los y las estudiantes lo demandan. Porque es un derecho. Y porque puede hacer más interesantes las propuestas pedagógicas.


La selección de materiales didácticos que no reproduzcan estereotipos de género, el uso de un lenguaje no sexista, el respeto a la diversidad, cultural, de género, pero también evidenciar las desigualdades de clase y “raza”, es fundamental para el enfoque de género, pero ¿alcanza? Quizás, también, es pertinente apostar a un abordaje más integral y proponer un proyecto pedagógico que construya saberes sobre temáticas incómodas pero urgentes como, por ejemplo, la “otra pandemia”, es decir la de los femicidios y la de situaciones de violencia intrafamiliar. Proyectos que pueden involucrar a distintas áreas y disciplinas escolares.


La sobrecarga pesa en las mujeres

Los y las docentes atraviesan una sobrecarga de tareas y un vertiginoso ritmo de producción y entrega de actividades, en el medio de una reestructuración profunda no sólo de las planificaciones sino también, de la vida cotidiana. Esto afecta tanto la vida hogareña de docentes como de estudiantes. La preocupación exclusiva por los contenidos, en ocasiones, hace olvidar cuál es el escenario hogareño que se configura frente a la propuesta a distancia.


Una mirada de género para la relación pedagógica parece ser el horizonte y requiere preguntas tales como: ¿quiénes están ayudando a mis alumnos/as en sus casas? En efecto, se escuchan reclamos de algunos sectores sociales para “bajar un poco el ritmo” de exigencias y de “tareas” que “envían” las escuelas, llamados que deberían ser escuchados. Estos reclamos también lo realizan docentes que ahora cumplen, en tiempo simultáneo, el doble rol de maestra/profesora y cuidadora, si tomamos en cuenta la feminización docente que caracteriza nuestro sistema educativo.


Desde un enfoque de género, el pedido por “bajar” demuestra que es indispensable analizar la pandemia y su cuarentena de frente, con los problemas y las desigualdades que la distribución de las tareas de cuidado en el “hogar” suponen. Más que nunca, se evidencia una demanda constante en nuestros espacios de docencia: que “la familia se haga cargo”: ¿y si quienes están asumiendo la sobrecarga son las mismas de siempre?


Los equipos directivos, por su parte, se han visto impelidos a organizar espacios de encuentro virtual y el flujo de comunicación entre los y las docentes se acrecentó: en algunas escuelas trabajan juntos/as, se comunican, intercambian y comparten miradas y conocimientos acerca de la enseñanza de las distintas disciplinas escolares. Algunas interacciones y colaboraciones entre docentes de distintas áreas y disciplinas empiezan a suceder, pero necesitan potenciarse por políticas escolares que habiliten al diálogo que antes se daba en los recreos o pasillos, y que también son necesarios.


Capitalizar estos espacios podría ser beneficioso para la reflexión, formación y el intercambio docente sobre ESI. También para repensar el lugar de las “maestras” y las desigualdades de género que pesan en la educación y el hogar. Si la pandemia vino a agudizar y hacer más evidentes las desigualdades, una mirada de género ayuda a visibilizar el modo en que la escuela puede contribuir, problematizar, contextualizar o reforzar con demandas que exijan a las mujeres.


Cuando nos volvamos a encontrar

La educación a distancia, o la escuela en casa, tal vez no sea tan distinta en sus formas, en sus propuestas o contenidos a la escuela presencial a la que estamos acostumbrados. Algunos plantean que la pandemia vino a cambiarlo todo, pero de eso no estamos tan seguros/as. La educación a distancia que podamos armar en contextos de crisis, no debe perder de vista la continuidad de los contenidos pero, tanto más, la del vínculo educativo que marca la diferencia de todo aprendizaje y los saberes propuestos. Una mirada de género sobre lo que sucede en los hogares y sobre las transformaciones que se pueden operar tal vez sí sea una innovación que ayude a sortear la cuarentena sin reforzar desigualdades. Pero la clave no está en el ADN viral y su magia: está en las políticas educativas, en las relaciones pedagógicas, y en el ingenio paciente y sin apuros –para no sobrecargarnos- que le pongamos a una pedagogía que piense al género como oportunidad para dar vuelta la enseñanza. Presencial y a distancia.

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